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TERESA

Aprendizaje a medias

¿Cómo te fue en la escuela?- le preguntó papá a Teresa un día, a la hora de almuerzo.
- Muy bien- contestó ella-. Hoy aprendí a escribir.
- ¡Ah, qué bueno! -dijo papá con orgullo-. ¿Y qué escribiste?
-Eso sí no lo sé -respondió Teresa-, porque todavía no me enseñan a leer.



Tomado del cuento Teresa de Armando José Sequera

El león y el mosquito

El león y el  mosquito es una fábula, recreada por el pedagogo Herminio Almendros la cual forma parte del libro Cuentos de enredos y travesuras de Coedición Latinoamericana.

EL LEÓN Y EL MOSQUITO

Estaba un león durmiendo la siesta cuando se le acercó un mosquito sonando la trompetilla.
El león se despertó enfadado:
- ¿Qué vienes a hacer aquí con ese ruido?
- Pues vengo de paseo
- ¿Cómo te atreves a a despertarme a mí, que soy el rey de los animales?
- ¡Vaya un rey! Usted tiene muy mal genio, pero yo no le tengo miedo.
- ¿Que no me tienes miedo? ¡Ahora verás quién soy yo!
El león se levantó con la boca abierta, pero el mosquito se le metíó en la nariz y lo picó con toda su fuerza.
- ¡Ay, mi nariz, mi nariz!- y estornudó el león.
Salió el mosquito volando y se le metió en una oreja.
- ¡Ay, mi oreja, mi oreja! ¡Sal de ahí, atrevido!
El mosquito seguía picando con todas sus fuerzas, y el león daba saltos y se revolcaba en la yerba sin poder librarse de él.
Por fin se fue el mosquito haciendo burla:
- ¿No decías que eras el rey? ¿Qué te ha parecido la paliza? Voy a decírselo a los demás para que se rían.
Cuando iba así, volando, tropezó con una telaraña, se quedó en ella enredado y al momento la araña se cominó el mosquito.

Fábula de la avispa ahogada

Fábula de la Avispa Ahogada

Autor: Aquiles Nazoa

La avispa aquel día, desde la mañana
como de costumbre, bravísima andaba.

El día era hermoso, la brisa liviana;
cubierta la tierra, de flores estaba
y mil pajaritos los aires cruzaban.

Pero a nuestra avispa - nuestra avispa brava -
nada le atraía, no veía nada
por ir como iba, comida de rabia.
"Adiós", le dijeron unas rosas blancas,
y ella ni siquiera se volvió a mirarlas
por ir abstraída, torva, ensimismada,
con la furia sorda que la devoraba.

"Buen día" le dijo, la abeja, su hermana,
y ella que de furia, casi reventaba,
por toda respuesta, le echó una roncada
que a la pobre abeja, dejó anonadada.

Ciega como iba, la avispa de rabia,
repentinamente, como en una trampa,
se encontró metida, dentro de una casa.

Echando mil pestes, al verse encerrada,
en vez de ponerse, serena y con calma
a buscar por donde, salir de la estancia,
¿sabéis lo que hizo?
¡Se puso más brava!

Se puso en los vidrios, a dar cabezadas,
sin ver en su furia, que a corta distancia
ventanas y puertas, abiertas estaban;
y como en la ira, que la dominaba
casi no veía, por donde volaba
en una embestida, que dió de la rabia
cayó nuestra avispa, en un vaso de agua.
¡Un vaso pequeño, menor que una cuarta
donde hasta un mosquito, nadando se salva!

Pero nuestra avispa, nuestra avispa brava,
más brava se puso, al verse mojada,
y en vez de ocuparse, la muy insensata,
de ganar la orilla, batiendo las alas
se puso a echar pestes y a tirar picadas
y a lanzar conjuros, y a emitir mentadas,
y así, poco a poco, fue quedando exhausta
hasta que furiosa, pero emparamada,
terminó la avispa
por morir ahogada.

Tal como la avispa, que cuenta esta fábula,
el mundo está lleno, de personas bravas,
que infunden respeto, por su mala cara,
que se hacen famosas, debido a sus rabias
y al final se ahogan, en un vaso de agua.

LA PIÑATA DEL SAPO un cuento en verso de Rosario Anzola

La piñata del sapo

Tocan, tocan, a la puerta,
abran, abran, ¿quién será?,
vengo a la piñata
del sapo Croá Croá.


Entra Don Cochino
vestido de chino,
con unas sandalias
marrón capuchino.
Entra la Gallina
-que es una sifrina-
y no quiere nada
con plancha o cocina.


Entra Don Chigüire
no quiere que miren,
lo que trae escondido
dentro del mapire.
Entra Doña Danta
con olor que espanta,
como tiene frío
se puso una manta.


Entra Don Carrao
que no anda rascao,
aunque si camina
se va pa los laos.
Doña Paraulata
que a todos delata,
entra alborotando
con su perorata.


Don Alcaraván
acaba de entrar,
anunciando a todos
que quiere cantar.
Doña Cachicama
que es toda una dama,
entra con sombrero
de flores y ramas.


Ya los invitados
que en el patio están,
pero no aparece
el sapo Croá Croá.
Inventaron rifas
juegos y carreras,
e hicieron la fiesta
de todas maneras.


Entra el Señor Sapo,
también Doña Rana
y con mucha pena
a todos aclaran:
"vuélvanse a sus casas
con todo y sus ganas,
porque la piñata
es para mañana".


Tocan, tocan, a la puerta,
abran, abran, ¿quién será?
hoy no es la piñata
del sapo Croá Croá.

Autora: Rosario Anzola
(Al son del ratón y otras canciones. Monte Ávila Editores)

Un cuento de Armado José Sequera

Media hora de infelicidad diaria

La tía Marcia sonríe durante casi todo el día.
Nada más no lo hace entre las dos y las dos y media de la tarde, cuando se encierra en su cuarto y se enoja y se preocupa por todo lo malo que le esté pasando a ella, a la familia y a todo el mundo.
Eso sí, apenas pasan esos treinta minutos vuelve a estar alegre y sonriente porque, según dice, con media hora diaria de infelicidad basta.


Armando José Sequera ( Pequeña Sirenita Nocturna, EDITORIAL ISABEL DE LOS RIOS, 1997)

EL REY MOCHO



En un pequeño pueblo vivía un rey a quien le faltaba una oreja.

Pero nadie lo sabía porque siempre tenía puesta su larga peluca de rizos negros.
La única persona que conocía su secreto era el viejo barbero de palacio que debía cortarle el cabello una vez al mes. Entonces, se encerraba con él en la torre más alta del castillo.

Un día el viejo barbero se enfermó. Dos semanas después murió y el rey no tenía quien le cortara el cabello. Pasaron dos, tres días; dos, tres semanas, y ya las greñas comenzaban a asomar por debajo de la peluca.
El rey comprendió, entonces, que debía buscar un nuevo barbero. Bajó a la plaza en día de mercado y pegó un cartel en el tarantín donde vendían los mangos más sabrosos.
Y el cartel decía: EL REY BUSCA BARBERO JOVEN, HÁBIL Y DISCRETO.
Esa noche llegó al palacio un joven barbero.
Y cuando comenzó a cortar el pelo, descubrió que el rey era mocho de una oreja.
-Si lo cuentas,-dijo el rey con mucha seriedad-, te mando a matar.
El nuevo barbero salió del palacio con ese gran secreto. “El rey es mocho” pensaba, “…y no puedo decírselo a nadie. Es un secreto entre el rey y yo”.
Pero no podía dejar de pensar en el secreto y tenía ganas de contárselo a todos sus amigos.
Cuando sintió que el secreto ya iba a estallarle por dentro, corrió a la montaña y abrió un hueco en la tierra. Metió la cabeza y gritó durísimo:
¡EL REY ES MOCHO!
Tapó el hueco con tierra y así enterró el secreto. Por fin se sintió tranquilo y bajó al pueblo.
Pasó el tiempo y en ese lugar creció una linda mata de caña.
Un muchacho que cuidaba cabras pasó por allí y cortó una caña para hacerse una flauta.
Cuando estuvo lista la sopló y la flauta cantó:
El rey es mocho no tiene oreja por eso usa peluca vieja.
El muchacho estaba feliz con esta flauta que cantaba con solo soplarla.
Cortó varias cañas, preparó otras flautas y bajó al pueblo a venderlas. Cada flauta al soplarla cantaba:
El rey es mocho no tiene oreja por eso usa peluca vieja.
Y todo el pueblo se enteró de que al rey le faltaba una oreja.
El rey se puso muy muy rojo y muy muy bravo.
Subió a la torre del castillo y se encerró largo rato.
Pensó, pensó, pensó...
Luego bajó, se quitó la peluca y dijo:
-La verdad es que las pelucas dan mucho calor.
Y solo se la volvió a poner en carnaval.

Autora: Carmen Berenguer
(Ed. Ekaré)

Monigote en la arena

Monigote en la arena

La arena estaba tibia y jugaba a cambiar de colores cuando la soplaba el viento. Laurita apoyó la cara sobre un montoncito y le dijo:
—Por ser tan linda y amarilla te voy a dejar un regalo —y con la punta del dedo dibujó un monigote de seda y se fue.
Monigote quedó solo, muy sorprendido. Oyó como cantaban el agua y el viento. Vio las nubes acomodándose una al lado de la otra para formar cuadros pintados. Vio las mariposas azules que cerraban las alas y se ponían a dormir sobre los caracoles.
—Hola —dijo monigote, y su voz sonó como una castañuela de arena.
El agua lo oyó y se puso a mirarlo encantada.
—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —dijo preocupada y dio dos pasos hacia atrás para no mojarlo—. ¡Qué monigote más lindo, tenemos que cuidarte!
—¿Qué? ¿Es que puede pasarme algo malo? —preguntó monigote tirándose de los botones como hacía cuando se ponía nervioso.
—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —repitió el agua, y se fue a a avisar a las nubes que había un nuevo amigo pero que se podía borrar.
—Flu flu —cantaron las nubes—, monigote en la arena es cosa que dura poco. Vamos a preguntar a las hojas voladoras cómo podemos cuidarlo.
Monigote seguía tirándose los botones y estaba tan preocupado que ni siquiera probó los caramelitos de flor de durazno que le ofrecieron las hormigas.
—Crucri crucri —cantaron las hojas voladoras—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. ¿Qué podemos hacer para que no se borre?
El agua tendió lejos su cama de burbujas para no mojarlo. Las nubes se fueron hasta la esquina para no rozarlo. Las hojas no hicieron ronda. La lluvia no llovió. Las hormigas hicieron otros caminos.
Monigote se sintió solo solo solo.
—No puede ser —decía con su vocecita de castañuela de arena—, todos me quieren pero porque me quieren se van. Así no me gusta.
Hizo "cla cla cla" para llamar a las hojas voladoras.
—No quiero estar solo —les dijo—, no puedo vivir lejos de los demás, con tanto miedo. Soy un monigote de arena. Juguemos, y si me borro, por lo menos me borraré jugando.
—Crucri crucri —dijeron las hojas voladoras sin saber qué hacer.
Pero en eso llegó el viento y armó un remolino.
— ¿Un monigote de arena? —Silbó con alegría—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. Tenemos que hacerlo jugar.
"Cla cla cla", hizo monigote porque el remolino era como una calesita.
Las hojas voladoras se colgaron del viento para dar vueltas.
El agua se acercó tocando su piano de burbujas.
Las nubes bajaron un poquito, enhebradas en rayos de sol.
Monigote jugó y jugó en medio de la ronda dorada, y rió hasta el cielo con su voz de castañuela.
Y mientras se borraba siguió riendo, hasta que toda la arena fue una risa que juega a cambiar de colores cuando la sopla el viento.

Autora: Laura Devetach